¿CÓMO SE REPARA UN RÍO? REFLEXIONES EN TORNO A LA REPRESA DE URRÁ
Foto: Caracol Radio
Escuché en una cafetería a un mesero decir que las inundaciones en Córdoba eran un castigo divino por las palabras del presidente Gustavo Petro, al haber blasfemado contra Dios por hablar de los amores de Jesús y María Magdalena. Esto me hizo reflexionar en que vivimos en un mundo donde se buscan explicaciones mágicas o inmediatas para los sucesos catastróficos de nuestra historia.
Un río inundando las casas, los cultivos, las calles y las vallas de candidaturas, es la profecía cumplida, las denuncias que retumban desde los cuerpos bajo tierra de quienes advirtieron las consecuencias ecológicas y sociales de la construcción de la represa de Urrá sobre el río Sinú. En reflejo de una región que niega su naturaleza anfibia, que intenta cercar las aguas pretendiendo con diques contener la tragedia. Este acuatorio conocido como la depresión Momposina tiene en su memoria milenaria su naturaleza de vasta llanura aluvial e inundable de aproximadamente 24.650 km² en el Caribe colombiano. Por eso, en este momento está sufriendo o mejor reviviendo una inmensa inundación que se repite cada tanto, hoy es en Córdoba, ayer fue en la Mojana.
Podríamos enlistar algunas razones técnicas para contrarrestar las explicaciones apocalípticas de esta circunstancia: exceso de lluvias que no caben en contenedores creados para la producción de electricidad, planes de inundación desactualizados que no contemplan la incertidumbre inherente al cambio climático , o la pérdida de bosques en las cuenca alta y media. Sin embargo, en un país que se mueve entre la tecnocracia y la escatología, se esconden los intereses económicos privilegiados por un el sistema de desarrollo que subasta bienes comunes al mejor postor, que durante décadas ha usado y perpetuado los dispositivos de violencia para la acaparación de tierras, de ríos y de pueblos.
Foto: Caracol Radio
La represa: símbolo de poder y violencia
La represa se convirtió en un símbolo de desarrollo económico para las élites locales y el gobierno de turno. Su construcción está profundamente vinculada a la violenta disputa por el control del territorio en el Alto Sinú. Implicó la inundación de territorios indígenas y campesinos, despojando a miles de personas de sus tierras y medios de subsistencia. Frente a la resistencia a la imposición del proyecto, los sectores políticos y económicos beneficiados, a través de grupos paramilitares, implementaron amenazas, asesinatos y desplazamientos forzados para garantizar la ejecución del proyecto y consolidar su control sobre la región.
Esto fue reforzado con la desecación de humedales, lagunas y ciénagas mediante el establecimiento de pastizales para ganadería y rellenos para monocultivos. Dinámica dirigida por terratenientes que usaron como excusa el desarrollo ganadero y agrícola de la región para aumentar el área de tierra firme, ya que para el caso colombiano, a diferencia de los cuerpos de agua estos sí pueden ser adjudicados, aumentando la extensión de sus fincas. Esta estrategia ha tenido la clara intención de desviar el agua con la construcción de diques pero el agua no desaparece, solo se traslada la inundación.
Foto: Níveles del embalse al 8 de febrero. Diario El País
Campesinos, indígenas y un río: víctimas del mismo conflicto
Todo esto generó miles de víctimas, pero también convirtió al río mismo en una víctima del conflicto, pues este no solo tiene características hídricas, el río es alimentación, movilidad, agua para cocinar y lavar, sitio sagrado y base de la economía cotidiana, un ecosistema vivo que sostiene y reproduce la vida, que tiene sus pulsos de inundación, que necesita desplegar sus aguas en humedales para descontaminarse y permitir la reproducción de peces; humedales y zonas de inundación desaparecidos, un río al que no solo se le destruyó su ciclo ecológico, sino que se le impuso una lógica externa y extractivista. Aquí no existe límite entre el conflicto y el desarrollo de fuentes de energía “limpias”, el despojo fue usado como herramienta para la acumulación y control territorial a través de la privatización de lo común. No es posible separar la catástrofe socioambiental hoy vivida en el departamento, con los hechos de violencia perpetuados por décadas.
Hoy más que nunca para la región Caribe, vemos la revictimización del río y de quienes han resistido en su defensa, pues a pesar de que la Jurisdicción Especial para la Paz declaró al ambiente como víctima del conflicto armado y lo ha hecho también para los ríos Cauca y Magdalena, quedan muchos ríos y territorios, para los que aún no se calculan o se asocian los impactos sufridos en el marco del conflicto, tanto en su estructura y función ecológica como en las relaciones bioculturales y territoriales.
A la falta de reconocimiento se le suman acciones para la reparación del ambiente que no alcanzan a resarcir el daño. Lo que pasa en Córdoba es un reflejo tanto de la ausencia de una planificación territorial alrededor del agua, como de la falta de herramientas para la reparación integral que articule de manera inequívoca a las víctimas con la reparación a la naturaleza que sostiene la vida. En este sentido, para finalizar, más que propuestas quisiera dejar algunas preguntas: ¿cómo se repara lo incomprensible, lo incontenible? ¿Cómo se repara un río que ha sido víctima del despojo, del secuestro, de la invisibilización de su ecología y de su dinámica de inundación? ¿Cómo se repara la profunda transformación y desfiguración de las relaciones sociológicas? Quizás la respuesta pueda venir del reconocimiento de que otros mundos ya existen y existieron: pueblos anfibios que se adaptaban a la vida y no pretendían dominarla; sistemas donde lo común es para todas y todos; resistencias que siguen gritando desde las aguas que un sistema de acumulación, que niega nuestra dependencia de otres y de la naturaleza, es un ecocidio.
Foto: El Mediterraneo

