FANTASEO CON INTERNARME EN UN PSIQUIÁTRICO
A veces fantaseo con tener una crisis de nervios –como le decían antes–, no poder pararme de la cama porque me falta el aire y que, por ende, se decida por mí que debo internarme en una casa de reposo, los psiquiátricos de los ricos. Me imagino entrar medio desvalida, con la mirada perdida, firmar el “ingreso voluntario” y despedirme de mis seres queridos para pasar dos semanas, o un mes, dibujando mandalas, con mis síntomas “controlados” a punta de un cóctel de ansiolíticos potentes, sólo disponible en esas instituciones, mientras contemplo no sé qué árbol inmenso en el patio interno de la sala. Me imagino sin ninguna otra responsabilidad que mi propia reproducción asistida, contándole mi historia una y otra vez a cualquier psiquiatra que esté de turno. Un maravilloso estado de estupor disociativo.
Esta fantasía no es sólo mía. Es una que ha surgido una y otra vez en procesos terapéuticos que he acompañado a lo largo de los años: internarse como fantasía de escape de la vida.
Foto: Juliana Machado
Independientemente de cuán realistas sean estas fantasías –claramente, a menos que se tenga acceso a las casas de reposo de los más ricos, están bien lejos de la cruda realidad de los psiquiátricos de las mayorías–, me llama la atención su recurrencia en tanto fantasía. Justamente, éstas me hacen pensar en Fisher (2009) y a su concepto de realismo capitalista: “la idea muy difundida de que el capitalismo no sólo es el único sistema económico viable, sino que es imposible incluso imaginarle una alternativa” (p.12) .
Podríamos decir, en esta misma línea, que no sólo “es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”, sino que es más fácil imaginar una crisis que rompe la psique antes que la posibilidad de acceder al descanso. Dicho de otra manera, es más fácil imaginar una baja laboral por desgaste emocional que las vacaciones pagas; el desahucio o la incapacidad médica antes que un sabático; incluso la muerte misma antes que un retiro digno.
Foto: Juliana Machado
El rebranding del descanso como privilegio
¿Esto siempre fue así? No necesariamente. Podríamos enmarcar este giro en el paso del fordismo al posfordismo, ocurrido en los años setenta y ochenta en Estados Unidos. Allí, las condiciones laborales y los derechos adquiridos por los sindicatos fueron erosionados en nombre de la “flexibilización laboral”, generando una reorganización de los medios de producción y redistribución (Marazzi en Fisher, 2009).
En este giro, se llamó flexibilización a la precarización, “libertad para decidir tus horarios de trabajo”, a la necesidad de sostener varios trabajos para ganar unos ingresos mínimos, emprendimiento a la informalidad, etc. Todo ello bajo el velo ideológico neoliberal por excelencia: el pobre es pobre porque quiere y, por ende, el rico es rico porque lo desea verdadera e individualmente.
No sólo se desplaza la formalidad por la “flexibilidad”, también se transfiere al individuo el peso de la protección que antes recaía en las empresas, los entes regulatorios y el Estado. No en vano, este proceso histórico va de la mano con el desmantelamiento de las políticas de bienestar y con el auge de la mercantilización del cuidado, disponible únicamente para quien puede pagarlo (Fraser, 2016).
Así las cosas, no sólo se vuelve materialmente más difícil acceder a empleos formales con beneficios como vacaciones pagas, días libres o incapacidades médicas, sino que esta dificultad material transforma, dialécticamente, nuestra conciencia sobre lo que es posible. Dicho de otra manera, el ethos neoliberal individualista nos despoja de trabajos dignos y al mismo tiempo erosiona nuestra capacidad subjetiva de imaginar que merecemos descanso y ocio sin temor a caer en la desprotección.
Se hace manifiesta, entonces, una contradicción: nuestra necesidad vital de descanso se enfrenta a la fuerza material y simbólica del capitalismo voraz que se beneficia de que no descansemos. Ante esta contradicción emerge el síntoma como fantasía de escape: fantaseo con internarme en un psiquiátrico.
Foto: Juliana Machado
¿Y si armo un sindicato? La acción colectiva como grieta
Hace unos años, conversando con una consultante sobre su propia fantasía de internarse en un psiquiátrico, me dijo “¿Y si armo un sindicato?”. Así, y sin planearlo mucho, emergió una alternativa que relativiza la necesidad de la fantasía. No porque ya no se requiera el descanso, sino porque la acción colectiva surge como grieta: otra opción para obtener lo que se requiere, no por vía de la incapacidad, sino porque es digno, justo –sobre todo– de las mayorías.
Las crisis de malestar psíquico que requieren hospitalización son absolutamente reales. Sin embargo, cuando emergen como fantasía, nos hablan de la necesidad de volver sobre nuestra capacidad de acción colectiva para luchar por aquello que la fantasía revela como una necesidad.
Salir del ethos neoliberal en el campo de la salud mental implica comprender que el síntoma habla en lenguajes cifrados sobre necesidades vitales insatisfechas que los marcos de sentido actuales no nos permiten expresar de otra manera. Ahí, la acción colectiva emerge como grieta que rompe la fantasía –que se presenta como realismo fisheriano– de que es más fácil imaginar la ruptura de la psique antes que el cambio en la organización de las relaciones sociales de producción que posibilite el descanso como necesidad vital, necesidad de todxs.
Epílogo
Mientras escribo esto en el patio de mi casa, con sus árboles de duraznos, rosales y matas de romero, me percato de que floreció una orquídea amarilla, sin que yo la haya sembrado ni cuidado. La observo y pienso que siempre es posible fantasear con sindicatos, y no con psiquiátricos.
Foto: Juliana Machado

