Leyendo a Gabo periodista

Leyendo a Gabo muy a la una de la mañana me interrumpe una perturbación laboriosa, muchas veces cacareada por escritores menos mediocres y aclamados con expansión: el problema del consumo. Más precisamente del consumo audiovisual. Cada minuto que gasté hoy desleyendo una serie me parece "literaria" por la profundidad de sus contornos, la diversidad de sus voces y los giros tan sorpresivos como cotidianos, podría haberlo descarrilado en otro rumbo ¿De ese tiempo que desagregué, cuánto gastaría Gabo en leer y escribir? Probablemente todo.

Pero, a estas alturas ya me somete -ante mi ansiedad y premura- un alivio irremediable: la complicidad. De seguro, los lectores en su dispersión espasmosa, se encuentren, entre pantallas, en las mismas ¿A quién le interesaría leer una diatriba de Carranza Renovado o de algún joven De La Espriella, antisistema, perturbador de la armonía conservadora, su bastión familiar? ¿Podría acaso tener interés una serie de impugnaciones secundarias como la caracterización del yoismo universalista de Margarita García Robayo que se narra sin narrarse como recurso ingenioso de vitalidad infinita? ¿o acaso del progresismo urbano de Zambra, diseminado con finura en sucesivos personajes secundarios con voz resonante?

A estas alturas no puedo dejar de angustiarme por la imprecisión de las comas -que García Robayo por cierto resolvería con un pragmático “mejor sacarlas”-, expandidas en oraciones extensas que requieren talvez paréntesis, guiones, puntos y comas e infinitas conjunciones ¿Quién podría hoy soportar aquel estilo letrado, o más bien hiper letrado contrapuesto a la sobreinformación que nos define hoy?

Alguien con amor cultivado a Gabo seguramente lo hará, como quien se cruza con un Borges o un Vargas Vila tras años de admiración, mientras un lector sensato, sin abnegado fanatismo, probablemente no llegaría hasta acá.

La improbabilidad de tal acontecimiento me lleva justamente al corte drástico con aire de verdad metafísica que convierte los textos periodísticos de Gabo justamente en un vicio irredimible. Si la insuficiencia puntualizadora puede ser comprobada por una mente viciosa y la extensión oracional viene siendo innavegable para las almas puras, cotidianas, sobre-informadas, audiovisuales, normales, ¡qué propósito podría cumplir esta divagación!

Dígamelo por favor, en verdad no lo sé.

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Juan David Avendaño Amaya

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