Los peldaños de Simona

Salió por la esquina trasera de la casa de Julia, en dirección a lo de Pepe. Llegó a su puerta en el momento justo, aquel minuto puntual en el que Pepe propinaba jamón o pescado a cada visitante goloso. Sin embargo, encontró una situación novedosa. Otro gato, acomodado con collar y todo, se guarnecía expectante en el fondo del pasillo, invadía su territorio.

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Intentó aterrarlo con un bufido e intentó espantarlo con sus uñas. Luego intentó reducirlo con sus hombros inclinados. Pero Pepe, territorial, defendió al otro gato con un leve impulso inconcluso. Simona corrió y Pepe le siguió hablando ¿Qué le estaría explicando con su solemne actitud de padre dialogante?

Simona siguió su camino a casa de Mariana. Esta la esperaba con un plato compuesto por trozos de pollo de tamaños variables. Luego, Mariana salió de casa y Simona se quedó mirando con espanto la puerta que se cerraba -¡Otro atropello!-. Mariana le abrió por unos segundos más, mirándola y hablándole en formas humanas, sin atinar ninguna elocuencia. Simona salió, la siguió hasta el auto y continuó su ruta.

Para disgusto de Simona, las situaciones de alto impacto eran más bien recurrentes. En múltiples ocasiones, Ricardo, otro joven soltero, dejó abierta la ventana brindando a Simona la oportunidad de guardarse de la lluvia. Si se quedaba lo suficiente, Ricardo volvía y se recostaba a su lado mientras observaba los movimientos del cuadrado de colores. Pero el esquema ventanil nunca fue estable. En una de esas la casa se llenó de asaltantes que iban y venían a deshoras. Ante tal agravio, Simona se veía obligada a retirarse con efusiva indignación, variando el ángulo de su rostro para impartir gemidos focalizados, y uno o uno los iba dejando atrás. Tras la llegada de los usurpadores, no volvió a encontrar la ventana abierta por meses y, si acaso Ricardo abría la puerta, el desfile instantáneo de gatos la espantaba de golpe. La casa de Ricardo la recuperó una tarde que lo vió llegar rodando, y empezó a gritar al verla. Esa noche durmió a su lado y en la mañana salió a pasear. Pero luego no lo volvió a encontrar la ventana abierta por días, y cuando se lo cruzó nuevamente, otro invasor se había acomodado a su costado. Nunca salió el impostor de la casa y ahora sí no encontró la ventana abierta nunca más.

Pero nada como el violento exabrupto por el brutal ataque proferido por el papá de Micaela que un día de la nada empezó a baldear su rincón en el patio. Micaela estaba lo más de bien, le sacaba pollito a escondidas todas las noches, y a veces al medio día, pero el exceso de agua propició una retirada prolongada de parte de Simona.

Otro hecho escandaloso fue la desaparición de Samantha, que movía mucho la boca y articulaba muchos sonidos. Las palabras “mudanza”, “hermanitos”, “cambios”, “territoriales”, “convivencia” se mezclaban en la negociación que Samantha le proponía a Simona. Al hablar con Claudia, su esposa, ambas articulaban mares de palabras en ocasiones sin mirar a Simona y en otras con la cabeza gacha en dirección a la “michi”. Palabras como “desarraigo”, “nerviosismo”, “desorden”, “enfermedades”, y también muchas preguntas: ¿adaptación?¿encierro?¿viajes?¿territorio?. Ellos entienden, le decía Claudia a su pareja, y volvían a mirar a Simona atendiendo con ansiedad a sus respuestas ¿casa nueva?, ¿compartir?, “¿veterinario?”

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Todas estas eran casas a las que no había vuelto. Aunque las observaba a la distancia algunas tardes, las descartaba para encaminarse a un lugar más seguro, tal vez suponiendo alguna lealtad. Esa tarde no fue diferente. Simona solemne continuaba su procesión, con la espalda arqueada y la cabeza elevada recorría tejados, veredas y muros.

En el camino vio una gata que la miraba con recelo en un patio que pertenecía a otro de sus humanos. Salían gatitos bebés de los baldes con agua estancada, de las latas oxidadas y los muebles con comején recostados en un rincón con tejado. Entró una persona extraña y los gatos se escondieron. El extraño no se percató de la presencia de los pequeños y Simona tampoco se interesó en presentarse por su cuenta. Capaz pensó que el patio se encontraba demasiado lleno y simplemente siguió su camino.

Llegada la noche no encontró a Pepe, Mariana tenía la puerta cerrada, Julia iba de salida y otras cuantas personas de sus afectos tenían cerradas sus casas también.

Simona tenía frío, hambre y aburrimiento. Se sentó bajo la luna a chusmear las ventanas de las casas, como quien acampa apaciguada por la certeza constante de que todo sigue en orden y sólo basta esperar.

Juan David Avendaño Amaya

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