PETRO LOGRÓ DISTENSIÓN A CAMBIO DE LA “NARCOTIZACIÓN” DE LAS RELACIONES COLOMBO-ESTADOUNIDENSES

por Christian Arias Barona

Un año de cruces y conflictos antecedió al primer encuentro entre los presidentes de Colombia y Estados Unidos, realizado el pasado 3 de febrero en la Casa Blanca. El carácter impredecible de Donald Trump generó un clima de suspenso previo, superado con una “amistosa” reunión de dos horas que, en el entorno de ambos mandatarios, fue calificada como excelente.

Gustavo Petro sacó provecho del escenario: puso su enfoque sobre el problema de las drogas ilícitas, mantuvo el aplomo necesario para no contender y fue audaz al ganarse la simpatía del magnate de Manhattan, algo que desconcertó a sus opositores en Colombia. Sin embargo, detrás de las satisfacciones emergen otros detalles que explican tanto la cordialidad como las consecuencias de la nueva agenda binacional.

Petro y Trump

Foto: El País

Las premisas del encuentro

Las tensiones que rodearon la reunión permiten identificar cuatro premisas sobre las cuales el presidente colombiano estructuró su agenda de conversación:

  1. Más que un mensaje para Trump, Petro llevó uno para los pueblos de la región: la necesidad de buscar un vínculo NO subordinado con Estados Unidos y hablar las prioridades propias sin temor.

  2. Interpretando acertadamente que Trump trata de modificar la conducta de sus contrapartes, Petro optó por mantener una agenda común mínima y marcar los puntos de autonomía sin confrontación. Esta se ordenó en torno al narcotráfico.

  3. Petro entendió que, para contener a China y controlar la región, Estados Unidos necesita orden y no caos, y trató de usar esa premisa a su favor. La política de Trump se basa en restaurar la estabilidad, aunque bajo reglas propias.

  4. Por último, Petro se mantuvo alerta frente a los giros intempestivos del anfitrión. Aún después del “éxito” del encuentro, hay que actuar con cautela, puesto que a Trump le son funcionales otros actores para sus planes, especialmente en un año electoral.

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Las fuerzas que con más ímpetu denunciaron el ataque del 3 enero en Venezuela quedaron insatisfechas con la foto del encuentro y con la ausencia de un enconado rechazo a la intervención en Venezuela y las medidas coercitivas unilaterales contra Cuba. Sin embargo, en Colombia hubo más júbilo que malestar, tanto en el heterogéneo campo progresista que respalda al gobierno como en los grupos moderados que priorizan la afinidad colombo-estadounidense.

Trump aplicó, de manera metafórica, el “desconcertador”, la sofisticada arma empleada por sus tropas en el secuestro a Nicolás Maduro. Su gentileza hacia un contradictor a quien llamó “líder del narcotráfico” e incluyó en la lista de la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC, por sus siglas en inglés) generó desconcierto y expectativa.

Ni Trump “domó” a Petro, ni Petro obligó a Trump a volver a los cabales del derecho internacional. Ambos ganaron, y especialmente, ganaron tiempo. Trump ganó espacio para atender el nuevo tipo de intervención que ensaya en Venezuela, a riesgo de no destruir la legitimidad interna del chavismo que mantiene el gobierno. Además, pasó a tutelar la relación entre dos vecinos fronterizos como Colombia y Ecuador. Petro, por su parte, obtuvo una tregua de duración incierta para evitar que Trump opere sobre las elecciones en Colombia o lo que sería más grave, que ataque militarmente. Petro salió airoso y Trump desactivó a un adversario altivo con liderazgo regional.

Al final, Trump tuvo razón en un punto: Petro cambió el tono. Consciente de la asimetría de poder, el presidente colombiano actuó desde un realismo político eludiendo los costos de la confrontación y aprovechó la preocupación compartida por el narcotráfico para manifestar un enfoque audaz sobre el problema.

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Foto: TV Azteca

El regreso de una agenda binacional narcotizada

Durante el último cuarto de siglo, Estados Unidos ha mantenido con Colombia una política de militarización y liberalización económica. El Plan Colombia fue el eje de tracción entre la “guerra contra las drogas”, la contrainsurgencia y el Tratado de Libre Comercio, tres elementos que impactaron en la configuración sociopolítica del país y moldearon el actual régimen de acumulación.

Por ahora, Petro ha logrado neutralizar la hostilidad trumpista mediante dos movimientos: primero, con la movilización popular y la llamada a su par estadounidense el 7 de enero; segundo, con la visita del 3 de febrero. La búsqueda de una agenda común menos confrontativa dejó como saldo la reconstrucción del vínculo binacional y un clima de distensión: a cambio, se impuso una relación “narcotizada”, sin cambios profundos.

Aunque las tensiones parecen suspendidas, la relación bilateral quedó nuevamente centrada en el narcotráfico. Washington logró manejar el tema central, aunque no necesariamente el enfoque. En ese terreno, Petro sacó ventaja de la desinformación de los participantes de la reunión y jugó con audacia la carta de la sustitución de cultivos de uso ilícito. Se trata de un tema controversial y con poco espacio de debate, pues la óptica promovida por el jefe de Estado de Colombia sigue la lógica del prohibicionismo, que aspira a erradicar la planta de coca y no a regular la producción y comercialización de sus múltiples derivados. El desafío consiste en descifrar oportunamente los objetivos de la contraparte e impedir que se impongan sobre las metas nacionales.

Esto no contradice los objetivos del Trumpismo 2.0, que busca controlar el “hemisferio occidental” mediante el uso del hard power en una dosis justa que le permita alinear a los adversarios sin generar caos. Washington necesita control y orden en su “patio trasero” y evitar el costo político de fracasos como los de Irak y Afganistán.

El Corolario Trump a la Doctrina Monroe cambió las relaciones entre América Latina y el Caribe con Estados Unidos. Así lo corroboran las decisiones de Delcy Rodríguez en Venezuela, condicionadas por una pistola en la cabeza. Lo mismo ocurre con el desescalamiento del lenguaje de Gustavo Petro, que se acompaña de demostraciones de afinidad en la política antidrogas, las extradiciones y los bombardeos a campamentos del Ejército de Liberación Nacional (ELN).

Esto último parece una ofrenda de Colombia para congraciarse con el norte, y a la vez generar un escenario de negociación con la guerrilla bajo presión. Congraciarse con Estados Unidos, implica perforar la zona de contención creada por el ELN desde Arauca hasta el Catatumbo sobre la línea de la frontera, y habilitar una posible militarización estadounidense en nombre del “desarrollo” del occidente venezolano, con cooperación colombiana. Presionar al ELN, sustentaría la hipótesis oficial de que el error de la negociación fue iniciarla en el momento de expansión de los grupos armados que no se encontraban condicionados por el cerco militar.

¿Quedará espacio para una política regional independiente que dispute un lugar propio en la nueva distribución de poder mundial, o habrá que resignarse a un nuevo ciclo de subordinación forzada?

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FOTO: RTVC

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