Ponete las pilas

No escogí este laburo, enviá un mail me dijeron. No más que eso. Pero de vez en cuando a la gente le da por preguntar, y uno no sabe ni qué responder. A veces les tiro peroratas largas. Les hecho cuento del propósito, del futuro, de los niños, de la responsabilidad social. Pero ahora que lo pienso no es para tanto. Es mucho más simple decir la verdad operativa, la situación inesperada que me abrió la puerta laboral: me dijeron en perfecto argentino “enviá un mail”.
Estaba en los pasillos de la Facultad de Filo de la Universidad de Buenos Aires y me señalaron a un barbudo que miraba con profundidad el horizonte. Era, es, una de esas personas que siempre parecen estar pensando – por el contexto debería decir que filosofando-. No lo conocía, no lo tenía para nada registrado, pero ahí estaba él, extraviado en el horizonte de un enorme ventanal del quinto piso de Filo-UBA, guardando la frase que me traería hasta acá.
La psicóloga me había indicado con plena convicción que probablemente -primero dijo tal vez, luego probablemente-, no conseguía trabajo como profesional porque no buscaba con esmero. Disimulada forma irrespetuosa de descartar todos mis esfuerzos, si lo piensan. Luego de tal atrevimiento, reformuló su improperio proponiendo el conteo de esfuerzos en acciones específicas ¿cuántas horas al día buscás?¿a quiénes les has preguntado si conocen de alguna oferta?¿con qué frecuencia lo has hecho?¿por qué canales y “dispositivos” has realizado la búsqueda?
Yo sólo pensaba “la verdad fue que no vine a esto”, y tal vez incluso se lo dije. Pero ella insistió, “Juan, es lo primero que debemos resolver, porque lo demás va a tomar forma una vez resolvamos esto”. Y ahí estaba el barbudo, que ahora que lo conozco mejor como compañero de clase, luego colega y finalmente compañero de vida, se me ocurre que tal vez sólo simulaba estar filosofando. Tal vez, en lugar de resolver el origen del hombre y la existencia, se tomaba en serio las disquisiciones en torno al manga que estaba leyendo hace tres días, o evadía el hacinamiento y la oscuridad de las aulas que se encontraban a su espalda simplemente mirando las nubes moverse con fiereza a una velocidad de 20 kilómetros por hora. Buscaba en el horizonte otro espacio que le permitiera desconcentrarse del retrato de sus aulas vespertinas.
– ¿Alguien sabe de algún laburo?
– pregunté aplicado, y alguna especificación que no recuerdo habré agregado a la pregunta-.
– De pronto Javi. Él mencionó algo de la Universidad de la Matanza.
– ¿Quién es? No lo conozco.
– Ese que está en la ventana con el café.

Me apresuré a abordarlo para cumplir la tarea y demostrarle a mi psicóloga que eso no era así no más. Hace falta estar en la rosca, tener un padrino, haber destacado entre el grupete. Ella lo tendría que asimilar y aceptar en algún momento. Lo hice igualmente con algo de apuro porque se me acababa la comida y estaba cansado de comer caldo de alitas de pollo. Y apresuré el paso, pensando también que se terminaría el descanso.
Me presenté, le pregunté, se copó. Al toque se copó. Recuerdo que primero dijo “sabes qué” y en otro punto “escucháme”, expresiones que le encantan y repite siempre que charlamos. Tal vez no sabe que le encantan, le surgen contundentes con fluidez resolutiva o filosofante -según la premura de los deberes-.
También me dio algo de contexto, “justo ahora… viste que…”. Seguramente no se me ocurrió pensar, hasta el día de hoy, 8 años después, que efectivamente no era tan fácil. Había que estar en la rosca, tener un padrino, infiltrarse en algún grupete. Pero a un año de maestría, con todo y alitas de pollo, ya se está un poco en alguna rosca, que no nos confunda la escasez. Si se está en la rosca se está, así solo dé para pasar de alitas a perniles. “Tal vez preguntaste a tiempo”, disparó al fin. Se acarició la barba, no consultó por mi vocación, sí indagó en mi título de grado. Miró el horizonte del pasillo con atención -sus pensamientos creo- y repitió:
– ¿Sabes qué? -y concluyó-, enviá un mail a la coordinadora, ahí te lo paso. Poneme en copia… decí que somos compañeros de la Maestría.
Ese fue el día que salté de la precariedad gastronómica a la precariedad docente. Alta rosca ¿Qué más puedo pedir?
Cuento redactado en el marco del Taller de Pedagogía Narrativa de la Universidad Nacional de Moreno en febrero del 2023, bajo la dirección de Cecilia Tanoni.