Que no todo se compra ni se vende
“Hace un par de años llegué a Argentina y me encontré un país con una profunda memoria histórica. Y me dolió, porque me golpeó de lleno la falta de memoria tan grave que teníamos en Colombia. Hace un año fui por primera vez a una marcha del 24 de Marzo y sentí una emoción terrible y un espíritu colectivo que me erizó la piel y el corazón. [...]”Hace unos años escribí estas líneas. Llevaba ya un tiempo paseando por los pasillos de la facultad de sociales, pero la llegada de un gobierno ajustador, reivindicador de la dictadura y que sostenía con ligereza que las y los argentinos estaban acostumbrados a un nivel de vida mejor del que les correspondía había hecho urgente que se llevaran en alto las banderas de Memoria, Verdad y Justicia.
“[...] Para quienes no entiendan la sensación, supongo que la pasión que siente un fanático futbolero puede ser algo similar. Estábamos honrando la lucha de todos los compañeros que estuvieron antes que nosotros. Estábamos reforzando la lucha de cada día. Estábamos escribiendo la historia de nuestro tiempo.”Cuando empecé la carrera tuve la suerte de cursar por un par de años en la mítica sede de Sociales ubicada en Marcelo T., que nunca conoció el higienismo de las paredes sin carteles, por lo que cada rincón estaba empapelado con afiches de agrupaciones políticas. Nada más subir el primer piso había una pancarta gigante con las inolvidables palabras “Y ganaremos cada vez que un joven sepa que no todo se compra ni se vende y sienta ganas de querer cambiar el mundo”. Y yo, con 19 añitos entendiendo la mitad de lo que decían en las aulas y sin tener ni idea de absolutamente nada sentía que absolutamente todo era posible.

Este domingo el futuro electoral se juega entre un candidato que, justamente, lleva meses -o años- queriendo instalar que todo puede venderse, o que todo, funcionaría mejor si se vendiera: educación, salud, niñas y niños en adopción, los órganos, la vida misma. Del otro lado están quienes apuestan a construir un gran acuerdo nacional para superar los problemas estructurales argentinos y lograr un plan de Estabilización Nacional con política de ingresos.
Para nadie es un secreto que Argentina viene de unos años dificilísimos. El salario que hace unos años era el mejor de la región hoy pasó a ocupar un triste décimo lugar. Las paritarias*, que hace 10 años cerraban siempre por encima de la inflación y garantizaban el poder adquisitivo hoy con suerte luchan por alcanzar la inflación y quedan en acuerdos a pagar en cuotas, manteniendo así los aumentos muy por debajo de la inflación. La violencia cotidiana parecía una cosa ajena a este país, en donde la gente se enojaba, levantaba la voz, expresaba todos sus desacuerdos y procedía a reconciliarse en un par de horas o días, pero no azuzaba con exterminar a quien estaba en la otra vereda.
Y ahora hay quienes quieren aprovechar este momento difícil para instalar que Argentina es un país de mierda en el que es imposible vivir y progresar, a pesar de que somos millones los migrantes que año a año llegamos y decidimos construir nuestra vida en este país. Porque venimos de países en los que ya se han aplicado las mismas recetas que ahora proponen aquí como mágicas o porque este país nos ofrece las garantías para construir un proyecto de vida que no hemos encontrado en otros lados. Y no es casualidad que la única receta que encuentren sea la de sacrificar los derechos que se han conquistado, la de renunciar a las medidas sociales que palean la crisis sustentando a los más golpeados y la de prometernos que a lo mejor que se puede aspirar es a ser como Estados Unidos, pasando por alto que es un país que construyó su hegemonía pisoteando a sus trabajadores locales y pisoteando las democracias de otros países.
Esta no era una elección fácil para quienes le apostamos a construir un mundo más justo y digno, porque ninguno de los candidatos representa lo que deseamos para nuestro futuro. Pero lo cierto es que la constante reivindicación a la dictadura, la incisiva apelación al caos y la insistencia en explicar el Estado a través de metáforas de pedofilia y violación o de sostener al mercado como rector supremo de la vida, hicieron de una elección complicada una elección muy sencilla.
Siempre del lado de la vida. Siempre del lado de defender las conquistas de las mujeres, de las y los trabajadores, de las y los migrantes, de la comunidad LGBTIQ+, siempre del lado de las infancias dignas, de la educación y la salud como derechos inalienables y conquistas colectivas. Siempre señalando que no todo en la vida puede pasar por el tamiz de la oferta y la demanda, porque si del mercado dependiera no habría vida en comunidad posible a menos que fuera comprada.

Argentina no es -y nunca va a ser- un país de mierda, y quienes quieren convencernos de eso para venderlo barato y llenar solamente sus bolsillos, no van a lograrlo tan fácilmente.
Nadie puede predecir que va a pasar este domingo y quizás ninguno de los dos panoramas posibles garantice construir una paz con justicia social, pero la diferencia va a estar en agenciar con un gobierno que busca construir un consenso o quien considera la justicia social una aberración. Entre salir a la calle con quien reconoce la protesta social cómo un derecho o salir con miedo a ser detenido y procesado injustamente. Sea cual sea el resultado de este domingo, Argentina, o mejor dicho Latinoamérica y este Sur global sabe salir de sus crisis dando batalla en la política, siendo mejores, apostándole a la vida y a la dignidad, logrando construir una opción mejor del pueblo para el pueblo.
Argentina saldrá airoso, ya sea en el cierre de urnas o en unos cuantos años, porque es un país lleno de gente digna y solidaria, que ha sabido dar lecciones de dignidad, memoria y derechos humanos. Este domingo mi voto no estará en las urnas, pero mi corazón y mis convicciones estarán puestos del lado que pone primero la vida antes que el mercado, la vida en común sobre el individualismo y la soberanía y la dignidad frente a la opción de vivir como colonia.
